sábado, 1 de septiembre de 2012

FREDERIC CHOPIN: SUS CARTAS DE JUVENTUD



El sobre de una carta escrita por el pianista polaco Frederic Chopin a sus padres y hermanas en Francia en 1847 enviada a Varsovia, en una fotografía proporcionada por el Museo Chopin el 24 de marzo de 2011. Una colección de cartas de Chopin sobre sus primeros años de vida fueron presentadas por el museo Chopin de Varsovia más de 60 años después de que se perdieran.


Una de las seis cartas escritas por el pianista polaco Frederic Chopin a sus padres y hermanas enviada a Varsovia entre 1845-48 en el Museo Frederic Chopin en Varsovia el jueves 24 de marzo de 2011. Una colección de cartas de Chopin sobre sus primeros años de vida, fueron presentadas por el Museo Chopin de Varsovia más de 60 años después de que se perdieran.




viernes, 31 de agosto de 2012

Cantata BWV 169, Bach



Según el premio Nobel Albert Schweitzer, el más influyente de los biógrafos de Bach, el maestro siempre que pudo eligió los otoños para salir de viaje, siempre a no más allá de unas pocas leguas (Halle, Dresde,…) y que normalmente aprovechaba para conocer músicos, afinar órganos o brindar recitales para los que era requerido tan pronto como se conocía su presencia en su lugar de destino. Esta costumbre la mantuvo en sus años de Leipzig a partir de que comenzó a controlar a aquel concejo de retrógrados de cuyo puño y letra nunca salió en toda la vida de su cantor una sola frase de felicitación o

agradecimiento.

Y no era que verdaderamente no necesitara descansos periódicos el maestro. Recojo de Eric Siblin un resumen que incluye en su monografía sobre las suites para violonchelo (2010-Turner Música): “Entre las competencias de su nuevo puesto [en Leipzig] estaba la de impartir lecciones de música y otras materias a los alumnos de último curso de la Thomaschule, dirigir los coros cada dos domingos en cada una de las dos iglesias de laciudad, así como hacerse cargo de los instrumentos y de todo el material relacionado con las actuaciones musicales. También estaba obligado a dirigir la música en bodas y en funerales tarea por la que aceptaba de muy buen grado que se le pagara aparte.” El propio Schweitzer en su “Bach, el músico poeta” (1904/1955-Ricordi Buenos Aires) describe: “Al leer las actas de las deliberaciones que precedieron a su nombramiento no se puede evitar una sonrisa. Un hombre de su valor estaba imposibilitado de salir de la ciudad sin el permiso del burgomaestre-regente de Leipzig; debía asistir a las procesiones fúnebres y caminar al lado de los coristas de la Thomaskirche que eran los encargados de cantar el coral o el motete. Además se le encomendaba ‘arreglar la música de los oficios de la iglesia de modo que sea corta y no se asemeje a las óperas’”. Y más adelante: “La tarea diaria no era demasiado absorbente. Bach daba todos los días, excepto el jueves, una lección de canto entre las doce y las trece horas. El sábado por la tarde ensayaba la cantata del domingo, (añado yo, Perea, que esa cantata la había ido componiendo precisamente esos jueves en los que no daba clase) día en que dirigía los coros ya en Santo Tomás, ya en San Nicolás”. Y finaliza el biógrafo: “Esto era todo y el compositor aprovechaba los abundantes ocios del profesor”. Esto es lo que le pasa a uno cuando tiene como biógrafo a un hiperactivo cuasi patológico como el médico, filósofo, organista, musicólogo y teólogo, entre otras cosas, Albert Schweitzer.

Por eso hay que comprender que Bach en 1726 reutilizase materiales de trabajos suyos anteriores para componer la cantata del domingo de hoy, decimoctavo después de la Trinidad, a la que el BWV adjudica el número de cantata 169, “Gott soll allein mein Herze haben” (“Sólo Dios tendrá mi corazón”). Más concretamente, el maestro inicia la cantata con una sinfonía, es decir, un movimiento sin cantores, que reproduce casi exactamente su concierto para clave en Mi mayor BWV 1053, sustituyendo el clave solista por un órgano obligado. Citas textuales de ese concierto aparecen también en otros fragmentos a lo largo del resto de la cantata.

Sea cual sea su origen, a mí me parece extraordinariamente bella esa sinfonía, y por eso la he elegido como ilustración para mi entrada de hoy. En el vídeo escuchamos al conjunto radicado en Atlanta (Georgia, USA) New Trinity Baroque, unos magníficos especialistas, bajo la dirección de su fundador y director (al que podemos ver medio escondido detrás de un tabique tecleando el clave del continuo), el serbio Predrag Gosta. El órgano solista corre a cargo de Brad Hughley.



Viena, ciudad de la Música



Viena es célebre por su historia y los restos que alberga del importantísimo Imperio Austrohúngaro. Todos la recordamos como una ciudad majestuosa por la leyenda de la magnificente emperatriz Sisi y resulta fácil reconocer su tradición musical por cosas como ser la cuna de Mozart, los populares niños cantores de Viena o sus Conciertos de Año Nuevo.


Pero más allá de tan conocido bagage músical, allí encontramos un lugar donde los mismos oídos, junto con el resto de sentidos, no dejarán de sorprenderse. Dentro del Palacio Histórico, la Casa de la Música, se erige como el lugar ideal para descubrir el universo de los fenómenos de los sonidos.


Espacios lúdicos provistos de la más alta tecnología que dan rienda suelta a los deseos más surrealistas que se quieran experimentar: allí, la música dejará de ser sólo para escucharla y cualquier tono o sonido puede ser visto, sentido e incluso producido a voluntad.

Este maravilloso lugar que sin duda vale la pena conocer, es una clara apuesta por el conocimiento y la comprensión de la música y los sonidos y pretende potenciar el entusiasmo y la participación interactiva de unos visitantes de mente abierta que promete estimular. Algo así como un museo interactivo del sonido que proporciona un nuevo acercamiento a la música a un nivel tan lúdico como científico.



Descubren una partitura de Mozart para piano inédita.


   
Una partitura para piano hasta ahora desconocida de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) ha sido descubierta y será interpretada el 23 de marzo en la ciudad austríaca de Salzburgo, informó hoy la fundación Mozarteum.

El investigador austríaco Hildegard Herrmann-Schenider encontró la partitura en el Tirol austríaco, incluida en un libro de notas, cuando trabajaba en documentar fuentes musicales antiguas de la región.

La partitura está explícitamente atribuida a Mozart, aunque fue manuscrita por un copista tirolés, según la fundación que cuida el legado del afamado compositor.

La nueva pieza será interpretada en su presentación al público el próximo 23 de marzo a las 11.00 de la mañana (10.00 GMT) en la casa en la que vivió el músico en Salzburgo.

Mozarteum no ha revelado la duración de la pieza ni ninguna otra característica de la partitura.

Ya en 2009 la fundación revisó la autoría de dos composiciones en su archivo de 1763-64, consideradas hasta entonces obras anónimas, y que fueron producto del ingenio musical del entonces niño prodigio, que las compuso cuando sólo tenía entre 7 y 8 años.

Fundada en 1880, la fundación Mozarteum (www.mozarteum.at), con sede en Salzburgo, se dedica a preservar e investigar científicamente la vida y obra de Mozart.

Con un legado de más de 600 obras en su corta vida, Mozart, nacido en 1756 en Salzburgo y fallecido en 1791 en Viena, empezó a componer a los 5 años.

Crónicas de Viena San Wolfgang y San Gielgen




No es cuestión de santoral. Me refiero a dos lugares que he conocido camino de Salzburgo (la ciudad de la sal), con las expectativas muy altas en busca de contenidos gratificantes en la ciudad natal de Mozart. San Wolfgang, con una parroquia que lleva el nombre de este obispo de Ratisbona, porque de este santo recibió Mozart el nombre en su bautismo, con un significado nada alentador: “que camina como el lobo”, aunque con encanto benedictino se diga en palabras puestas en boca del santo que “solo corría detrás de las ovejas para alimentarlas, no para matarlas” [sic], y San Gielgen, ciudad natal de la madre de Mozart, que pude visitar de forma más detallada, donde se venera a San Egidio.

He comprendido mejor que nunca por qué se le agregó Amadeus a su primer nombre de pila, como sano equilibrio ante un nombre inquietante en sí mismo y no por la popularidad del santo, del que el actual Papa ha llegado a decir que “San Wolfgang vivió en el llamado saeculum obscurum, siglo de oscuridad. El Papado, en Roma, estaba a merced de la nobleza romana, en un tiempo de anarquía originada por las invasiones de los bárbaros. En Alemania, los obispos eran, a su vez, príncipes territoriales, y muchas veces actuaban como tales, sin que apareciera la humildad característica del oficio sacerdotal. Ante tales circunstancias parecía que la Iglesia estaba a punto de derrumbarse definitivamente. Pero Dios iba a probar que no la había dejado de su mano. Por entonces aparece la renovación benedictina en las dos grandes abadías de Cluny y Gorze, en Borgoña y Lotaringia. San Wolfgang fue uno de los mayores artífices de esa reforma. La clave fue la Regla de San Benito. Su secreto fue trasladar el Evangelio a una regla de vida que permitiese practicarlo en el quehacer de cada día. Las dos ideas centrales son las siguientes: 1) Nihil amori Christi praeponere y, 2) la conversatio morum. “Lo primero significa no anteponer una carrera profesional, el éxito, el poder, el dinero o el favor de los magnates, sino poner el corazón en los humildes, y ejercer la justicia y la bondad en el vivir de cada día. La tradición ha condensado lo segundo en tres ideas: pobreza, castidad y obediencia, o, lo que viene a ser lo mismo, libertad frente a sí mismo, limpieza de corazón, y probidad” . Nuestro tiempo adolece de una carencia terrible de la conversatio morum (cambiar de vida). Las ideologías nos han prometido en vano un nuevo tipo de hombre que ha resultado ser soberbio, mentiroso, corrupto, jactancioso, amante del éxito, intolerante, revoltoso e insumiso. Sólo de Jesús nos viene el verdadero ideal humano. “Como hombre de Jesucristo, San Wolfgang nos invita a que, viviendo conforme a ese modelo de pureza y disciplina interior, nos convirtamos a la justicia, la bondad y la honradez”.

No sé si Leopoldo Mozart le contaría la verdadera historia de San Wolgang a su hijo, pero conociendo un poco al maestro no es probable que le entusiasmara seguir sus pasos. Comprendo mejor que nunca que solo utilizara el nombre al revés de Mozart, en un guiño a la rectitud de la época a todos los niveles, por improbable que debía ser dar la vuelta al nombre del santo, también en todos los sentidos, con permiso de Ratzinger de Ratisbona.

Cuando entré en la región de los lagos, maravillosa expresión de la naturaleza demostrada en setenta ocasiones, estaba dando vueltas en mi cerebro a la experiencia del campo de concentración de Mauthausen, muy cerca de la ciudad de Linz que solo pude visualizarla desde una panorámica distante por la carretera de circunvalación por la que nos dirigíamos a Salzburgo. Martín, el guía-conductor de 21 años, explicó el amor que tenía Hitler a Linz y el silencio fue total. El recorrido por Gmunden, a pie del Traunsee, Altmünster, Ebensee y Bad Ischl, nos condujo a San Wolfgang y San Gielgen, como enclaves que pesan mucho en la historia del compositor. Sobre todo esta última, por ser el pueblo donde nació la madre de Mozart y donde todo está montado en torno a su familia. Allí nos detuvimos el tiempo suficiente para hacer las fotografías de rigor, eso sí, en ausencia de Mozart.

Y llegamos a Salzburgo, con lluvia suficiente como para recorrer esta preciosa ciudad con las dificultades propias de un tiempo diseñado por el enemigo. El objetivo era conocer el lugar en el que nació el maestro. Previamente, visitamos la catedral de San Ruperto y San Virgilio, atravesamos “tanquam felis per prunas” (como gato por ascuas) el cementerio de St. Peter’s, donde se rodaron las dramáticas escenas de la huida en la película “Sonrisas y Lágrimas”, y antes de abandonar el puente sobre el río Salzach, recorrimos la casa natal de Mozart en un espectáculo lamentable de turismo rancio. Era imposible detenerse en cuadros, leyendas y patios. Todo era un río incesante de personas que no veían a Mozart por ninguna parte.







Franz Liszt, compositor extraordinario



El 22 de octubre de 2011 se festeja el bicentenario del nacimiento de Franz Liszt, pianista virtuoso al que ni sus contemporáneos ni la posteridad otorgaron su verdadero valor como compositor.


A finales de 1886, Franz Liszt viajó a Bayreuth, tras recibir una invitación de su hija Cósima, para asistir a las representaciones de Parsifal y Tristán e Isolda, todo un maratón de música para un anciano acatarrado. En medio del fragor wagneriano, lo que empezó siendo tos, acabó convirtiéndose en pulmonía, y hubo de permanecer en cama en una casa situada justo enfrente de Wahnfried, la villa de los Wagner. Así comenzó la agonía del compositor y más grande pianista de su época.


Su hija Cósima apenas tenía tiempo para él. Le hacía llegar chuletas que el enfermo no estaba en condiciones de masticar. Su tataranieta, Nike Wagner, dice: “Fue sencillamente mala suerte haberse ido a morir en Bayreuth. Tendría que haber fallecido en Weimar, Budapest o Roma. En los dominios de su yerno, Richard Wagner, es difícil que se rinda debido tributo a Liszt. Una lástima”.

Después sobrevino la crisis. En algún momento cayó en coma y el 31 de julio a las 23.15 falleció. La noticia de su muerte no se divulgó rápidamente, pues primero había que festejar la clausura del Festival. Sus biógrafos ofrecen amplia información sobre el triste final del maestro, no así de sus primeros años. Nació el 22 de octubre de 1811 en la ciudad de Raiding, que entonces pertenecía a Hungría, aunque la lengua oficial era el alemán. Sus antepasados paternos eran también germanos, húngaros los de la madre. En su modesta casa natal, dos placas recuerdan al maestro, una en húngaro y otra en alemán.

Probablemente, él no se consideraba ni húngaro ni alemán, sino francés. Era un cosmopolita, un hombre europeo. También un hombre inquieto, que viajaba constantemente entre París, Roma, Budapest y Weimar. No fue un niño prodigio. Su padre le obligó a que estudiara. Y aquello funcionó. Nike Wagner opina que “no podemos especular sobre si el padre de Liszt fue un segundo Leopold Mozart. Probablemente fue alguien que deseaba que su hijo realizara todo aquello que no pudo llevar a cabo él mismo. Aunque el pequeño Franz era un muchacho débil, cumplió con todas las obligaciones que su padre le impuso.”

Como pianista, Liszt conquistó el mundo. Junto con Paganini, el increíble violinista del que se decía que había pactado con el diablo –e incluso que era el mismo diablo en forma de músico-, Liszt podría considerarse una especie de estrella del pop de nuestro tiempo. Tuvo romances escandalosos, excesos con el alcohol y el público se volvía histérico durante sus actuaciones. París fue el centro de su existencia, el lugar del que trató de escapar en mitad de su vida, cuando se encontraba cansado de la excesiva estimulación. A finales de la década de 1840, ocupó el puesto de maestro de capilla en Weimar. Más adelante, se retiró a un espartano apartamento del monasterio Virgen del Rosario de Roma. Pero la paz nunca acabó de llegar.

Hay obras muy célebres de Liszt, como su Sueño de amor, las Rapsodias Húngaras, o la monumental Sonata en Si menor. El compositor dijo una vez que quería sembrar la semilla de su arte en el futuro y, probablemente, sea el músico más avanzado de su tiempo. “Todos somos sus discípulos”, dijo Arnold Schönberg, el compositor austríaco, en una ocasión. En el año de su bicentenario, los melómanos tienen ocasión de conocer partituras menos habituales del Liszt. Quizá para ello sirva esta celebración: para descubrir al extraordinario compositor que fue, además de virtuoso pianista.



Polonia: 'Chopin es nuestro'


Polonia.- “Bienvenidos al Aeropuerto Fryderyk Chopin de Varsovia” declara la aeromoza al llegar a la terminal titulada con enormes letras por el nombre del compositor que escribió algunas de las piezas para piano más alabadas alrededor del globo. Pero "Chopin es nuestro", afirma Polonia, eligiéndolo como el símbolo nacional y representante del país ante los turistas extranjeros. Pero decir "Chopin" no suena en lo más mínimo a un apellido polaco, más bien su suave deletreo Frédéric, ¿será francés? pues no, Chopin es polaco —se escribe hoy en el diario británico Telegraph.


Ya que este año se cumple el bicentenario de su natalicio, Polonia está haciendo todos sus esfuerzos por reclamar a tan representativa pieza cultural del país, por lo que las celebraciones del nacimiento del compositor son la mayor prioridad frente a los eventos internacionales encausados al mismo fin.

Aunque no hay duda del origen del compositor polaco y de la influencia de la tradición ‘mazurka’ en sus obras, es sabido que a pesar de nacer en la villa polaca de Zelaowa Wola y haber pasado su infancia en Varsovia, era el vástago de un padre obsesionado con Francia que se mudó a Polonia por requisito de una familia aristocrática para quien trabajaba en Francia —se escribe en el diario británico Telegraph.

Hacia 1831, el compositor dejo su tierra natal y pasó el resto de su corta vida en París, componiendo su ‘refinado y poético repertorio’, además de establecer una relación intensa con el 'escritor' George Sand (pseudónimo de Amandine Aurore, su amante, que era mujer). Haber desarrollado su carrera artística en París, y además ser enterrado en el cementerio de Père Lachaise le sirvieron para crear una ‘reputación francesa’ en las miradas extranjeras. Sin embargo, el corazón de Chopin fue extraído y colocado en una urna que viajó de vuelta a Varsovia en 1849, la cual se preserva en la Iglesia de la Sagrada Cruz.

El reto de Polonia es afirmar la identidad del compositor durante una campaña que se reforzará durante todo el 2010 con el auspicio del Reino Unido a través del Instituto de Cultura Polaca. Por ahora, entre los proyectos en los que Polonia ha invertido se encuentra el nuevo Museo Chopin que se pretende sea inaugurado el día de su cumpleaños, el primero de Marzo. El recinto tuvo un costo de aproximadamente 31 millones de dólares americanos.

El proyecto del Museo es una colaboración entre arquitectos polacos y técnicos de firmas internacionales, como el estudio de diseño italiano Migliore+Servetto y los especialistas del Museo de Bélgica Meyvaert Glass Engineering. El recinto se localiza en el Palacio Ostrogski en el centro de Varsovia.